Hay gente a la que parece olvidársele que está en una zona de urgencias de un hospital cuando se encuentra en ella. Bueno, o quizá no. Seguramente lo que ocurre es que esa gente que no adapta su comportamiento al entorno en el que se encuentra, simplemente es que no da para más. Excluímos a los niños, claro está, pero no a sus papás. Y entre los adultos que suelen destacar en lucimiento, diferenciamos a los hijos de la LOGSE, jovencitos/as ellos/as (incluido el subgrupo de los que suelen llevar mechas en el pelo y conducir motos sin casco y sin camiseta, y que sólo han ido al instituto porque a algún sitio habrá que ir), de los que, aunque rozaran la EGB, no destacaron por sus dotes intelectuales. Soy de los que pienso que la educación lo es todo en la vida, sin tener que ser repipi para ser educado. Y por supuesto, sin tener siquiera que haber ido a la escuela para saber comportarse. También soy de los que creo que vivimos en el mejor sitio que alguien pueda imaginar en sus sueños más dulces, pero donde, como diría mi abuela, ya no hay vergüenza.
Los avatares del trajín terrenal me han llevado hoy toda la tarde a las Urgencias de un hospital, en calidad de acompañante (sin consecuencias negativas, por fortuna). Traumatología. Un sitio en el que siempre acabo pensando que en cualquier momento va a llegar una ambulancia, o tres, u ocho, con heridos graves gravísimos, casi muriéndose, procedentes de un accidente, de un derrumbe o de un suicidio colectivo... qué sé yo. La sola imagen mental me desconcierta y aterra. Y no. Por suerte, y he estado calentando asiento la friolera de 5 horas, lo más impactante que he presenciado ha sido una chica a la que se le desencaja la mandíbula sin motivo aparente, y que tenía una venda alrededor de la cabeza, sujetándola. Me ha llamado la atención que, pese a estar en plena ola de calor, llevaba manga larga. Así debería tener el cuerpo. La chica, de unos 20 años, esperaba junto a su madre, cada vez más desesperadas, que alguien les echara una mano. Luego entré a la consulta con el viejo, que tenía un arrechuche, y cuando salí, ya no estaban.
Pero estaban otros. Vaya por delante que las Urgencias de un hospital, sea el día de la semana que sea e incluso a cualquier hora, suelen estar atestadas de gente (un tanto por ciento muy elevado de ellos, sin una urgencia verdadera de la que ser atendido), personas, enfermos y acompañantes, que se mezclan con un entorno habitualmente algo caótico y que suele dar sensación de provisionalidad, lo que acaba por dibujar una escena desagradable, ya que suele ser pasada finalmente por el tamiz de la propia sensación de inquietud que cada uno vive por dentro al acudir a un hospital por un avatar no previsto. Una caca, vaya. Y encima, si ocurre como en el Hospital de Traumatología de la Noble ciudad de Granada, mucho peor, pues a todo esto hay que sumar un sistema de megafonía que ha debido ser ideado por los inventores del Whisper XL. O quizá es más simple y es que el sistema no está bien regulado y simplemente hay que 'quitarle voz', pues cada vez que alguno de los médicos o celadores aprieta su botoncito para llamar a alguien a consulta, o a rayos... (¿Ponemos 30 veces en diez minutos?) se enteran hasta en el Padul. Eso sí que es contaminación acústica, y no lo de Pedro Antonio. Y tienen la jeta de poner por todos lados cartelitos de 'silencio'. Je. Paradojas.
Así, entiendo un poco mejor que la gente se olvide de que está en Urgencias. Como esa familia de Iznalloz (eran tantos y hablaban tan alto que no he podido decidir si quería o no conocer su origen). Y no es que fueran especialmente folloneros, deslenguados o repelentes, que va. Se veía gente humilde, sin más. Pero eran muchos, y tenían casi todas las sillas ocupadas. 13 he contado y alguno más que, pertinentemente avisado de la urgencia vía Vodafone (sí, era Vodafone, y le habían dado el nuevo móvil porque tenía muchos puntos), venía de camino. Y claro, ha llegado la hora de entrar a ver al enfermo a la sala de cuidados, una suerte de no habitación en mitad de la nada y por donde todo el mundo pasa vestido de bata, con una ristra de enfermos 'ensuerados' y aparcados en batería mientras esperan su turno para seguir el proceso tedioso de la urgencia en sí. "Pueden pasar", ha anunciado una enfermera, "pero sólo un familiar por enfermo". Ya, jeje. La norma la he cumplido yo y alguno más, pero no mis amigos de los Montes Orientales. De primeras han entrado cuatro de ellos, y en el momento de mayor apogeo de la 'visita' a la abuela (porque la mujer visitada era una señora longeva), se ha alcanzado el pico de siete. Siete¡¡ Tras varias peticiones de silencio y algunas intentonas de desalojo pacífico por parte de la misma enfermera que había anunciado el inicio del permiso, ésta ha tenido que acudir a un tono de voz más elevado y a la alusión a que aquello no era un mercadillo para que, en efecto, la zona quedara expedita. Eso sí, las visitantes 'desalojados' tras los avisos abandonaban el lugar con la cabeza gacha y a paso ligero, como el crío que es descubierto en plena trastada y tiene la opción de abandonar la escena del crimen sin llevarse un coscorrón. Pues así (igual que cuando el perro Goku se mea en su patio y lo pilla 'papá Germán'). Debió ser lo del mercadillo lo que entendieron, pensé, mientras me unía a la fila de salida.
Pero no han sido ellos los que me han motivado más ganas de salir de mi anonimato y ponerme de malafollá. Ha sido un criajo de 18 años, no tendría más (ya puede votar¡¡¡), que se ha dedicado durante varios minutos a repasar de forma pública los grandes éxitos de su flamante móvil, los cuales le mostraba orgulloso a su compañero de 'espera'. No se le veía muy nervioso al chaval por la suerte de su acompañante, mientras desgranaba uno a uno sus 'hits' favoritos, con sonido surraund. Si por lo menos hubiera 'pinchado' buena música... pero era puto reggaeton. ¡Y qué esperaba!
Tienen que cambiar los asientos, que están rajados, una mano de pintura tampoco vendría mal, y no sé, quizá poner algunas flores, que eso no vale mucho y hace la estancia más agradable. Pero, sobre todo, tienen que bajarle la voz a la megafonía, o acaso cambiar el sistema, y utilizar, si es necesario, a una persona para que pregone el nombre del siguiente infortunado, como antaño. "Manuel López Carmona", de viva voz, "al matasanos de la sala 3". Y que en los ratos libres, cuando no haya enfermos a los que llamar, familias de picnic ni adolescentes imberbes a los que reprender, que haga como todo hijo de vecino hace en su trabajo y se enganche un ratico al facebook. Que lo piense Griñán, que ahora hay mucho paro...
P.D. 1: Y de los médicos, celadores, enfermeros etc... ni una queja. Todo en orden.
P.D. 2: Felicidades papá. Ha sido una forma original de celebrar tu cumpleaños. Ojalá que cumplas muchos más.
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21.7.09
9.7.09
Clavelitos
La casa de Don Venancio debía de ser muy grande y estar convenientemente pertrechada cuando mi abuela, que ahora va camino de los ochenta y tantos (ella dice que cumplirá 85 pero cómo creerla), se criaba entre sus portones, en un Albolote de guerra y de posguerra, escenario en el que le tocó pasar la que se supone que es la mejor etapa de la vida de una persona, su infancia. "Con lo grande que era aquella casa, y lo teníamos to abierto, aquel portón grandísimo de los gañanes (...) entonces no había miedo de na, y sin embargo ahora, como está la vida y como estoy yo, me da miedo abrirle a cualquiera cuando tocan. No le abro, yo miro desde la ventana y no le abro a nadie. Anda y que le den por culo al que sea, misté qué pollas", me decía esta tarde, cuando he ido a acompañarla para que no estuviera sola mientras los cuidadores de la señora (usease, mis padres) hacían unas gestiones. Al poco, me lo contó otra vez. Y luego otra. Y otra... A intervalos de 20 o 30 segundos. Y lo más demoledor de todo: contándolo cada vez como si fuera la primera. Dejé de contabilizarlas más allá de la octava o novena vez, así que calculo entre 15 y 20 ocasiones en media hora.
Pese a que suene a chiste, los tartamudos, incluso los que lo son en un grado mayor, son capaces de cantar sin ningún atranque cualquier canción que previamente conozcan. Sin embargo, al finalizar la interpretacion y tener que construir sus propios mensajes desde la 'nada', volverán a ser tartamudos. Es evidente que no soy un experto en la materia, pero me interesó mucho la explicación que al respecto dio la otra noche un oyente anónimo en la radio, en uno de esos programas de madrugada que acompañan mis desvelos. Venía a decir que la tartamudez radica en una región del cerebro que es la relacionada con el lenguaje; y que los fallos en la coordinación cuando se construye el mensaje no aparecen si ese mensaje, con su correspondiente ritmo, está memorizado con anterioridad, por ejemplo en forma de canción. La memoria, expuso a continuación, los fallos de la misma relacionados con el Alzheimer, tiene unos mecanismos parecidos, paradójicos si se quiere, y que hacen que sea posible lo que mi abuela me ha demostrado que ya le ocurre. No recordar lo que has dicho hace medio minuto y sí hacerlo con canciones que quizá llevas 30 años sin sacar del cajón. "Yo te daré el cascabel, te lo prometo mocita, si tú me das esa miel que llevas en la boquita. Clavelitos, clavelitos, clavelitos de mi corazón, hoy te traigo...", cantaba sin fallo cuando así se lo propuse, por lo bajini, para ella, con media sonrisa dibujada en su rostro y pensando, seguro que recordando al dedillo, cómo era aquel portón por donde veía salir a los gañanes siendo una niña. Cuando muy pocas cosas le asustaban.
Hoy también he estado un buen rato con alguien que, a diferencia de la Pilarica, lleva en este negociado medio telediario, apenas cinco o seis meses. Me he imaginado su región correspondiente en su pequeñito cerebro correspondiente, y la he visto como si fuera una minúscula pieza con el plastiquillo puesto todavía, que comenzara a ejercer sus funciones, impoluta, en un ordenador. Sin datos, de momento, por mucho que ya sepa diferenciar las voces de sus seres queridos. Sin polvo, ni contaminación. Sin nada almacenado. Ella también ha sonreído, como mi abuela, sin controlarlo conscientemente. 85 años separadas, y casi se tocan en una especie de círculo imposible... Debe ser el círculo de la vida.
Deberíamos poder elegir aquello que queremos recordar y lo que deseamos mandar para siempre a la papelera de reciclaje. Acceder a la BIOS de nuestro sistema operativo. Y poder añadirnos memoria externa si lo requerimos. Si algún japonés lee esto, que se ponga. Porfa.
P.D.1: He intentao que cante alguna de Extremoduro, pero ha empezao a tartamudear y lo hemos dejao.
P.D.2: Y la pequeña continente está cada día más grande y más bonita.
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Pese a que suene a chiste, los tartamudos, incluso los que lo son en un grado mayor, son capaces de cantar sin ningún atranque cualquier canción que previamente conozcan. Sin embargo, al finalizar la interpretacion y tener que construir sus propios mensajes desde la 'nada', volverán a ser tartamudos. Es evidente que no soy un experto en la materia, pero me interesó mucho la explicación que al respecto dio la otra noche un oyente anónimo en la radio, en uno de esos programas de madrugada que acompañan mis desvelos. Venía a decir que la tartamudez radica en una región del cerebro que es la relacionada con el lenguaje; y que los fallos en la coordinación cuando se construye el mensaje no aparecen si ese mensaje, con su correspondiente ritmo, está memorizado con anterioridad, por ejemplo en forma de canción. La memoria, expuso a continuación, los fallos de la misma relacionados con el Alzheimer, tiene unos mecanismos parecidos, paradójicos si se quiere, y que hacen que sea posible lo que mi abuela me ha demostrado que ya le ocurre. No recordar lo que has dicho hace medio minuto y sí hacerlo con canciones que quizá llevas 30 años sin sacar del cajón. "Yo te daré el cascabel, te lo prometo mocita, si tú me das esa miel que llevas en la boquita. Clavelitos, clavelitos, clavelitos de mi corazón, hoy te traigo...", cantaba sin fallo cuando así se lo propuse, por lo bajini, para ella, con media sonrisa dibujada en su rostro y pensando, seguro que recordando al dedillo, cómo era aquel portón por donde veía salir a los gañanes siendo una niña. Cuando muy pocas cosas le asustaban.
Hoy también he estado un buen rato con alguien que, a diferencia de la Pilarica, lleva en este negociado medio telediario, apenas cinco o seis meses. Me he imaginado su región correspondiente en su pequeñito cerebro correspondiente, y la he visto como si fuera una minúscula pieza con el plastiquillo puesto todavía, que comenzara a ejercer sus funciones, impoluta, en un ordenador. Sin datos, de momento, por mucho que ya sepa diferenciar las voces de sus seres queridos. Sin polvo, ni contaminación. Sin nada almacenado. Ella también ha sonreído, como mi abuela, sin controlarlo conscientemente. 85 años separadas, y casi se tocan en una especie de círculo imposible... Debe ser el círculo de la vida.
Deberíamos poder elegir aquello que queremos recordar y lo que deseamos mandar para siempre a la papelera de reciclaje. Acceder a la BIOS de nuestro sistema operativo. Y poder añadirnos memoria externa si lo requerimos. Si algún japonés lee esto, que se ponga. Porfa.
P.D.1: He intentao que cante alguna de Extremoduro, pero ha empezao a tartamudear y lo hemos dejao.
P.D.2: Y la pequeña continente está cada día más grande y más bonita.
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2.7.09
El bar de Luís
Comer careta en el bar de Luis, que te sirva Faustino un gitano fresquito y departir con el anfitrión, su cigarro siempre encendido y una sonrisa por saludo, con una copa fresquita, digestiva, y un platillo de almendrillas... Hacer eso de vez en cuando, cuando buenamente encarta... es una de esas satisfacciones impagables con las que a veces te premia la vida.
Es asombroso el influjo que tiene el tabaco. Y lo impredecible que es el ser humano. No creo que se haya inventado producto más rentable económicamente hablando que el que dio de comer en su día al vaquero de Marlboro y que tantos beneficios aporta a la industria y a sus manejantes. Así, has podido estar enfermito, viéndole los huevos a San Pedro (como le gustaba decir a Pepe, mi profesor de autoescuela, para ejemplificar sobre el peligro de la carretera), que, una vez recuperado, difícilmente podrás quitártelo de la cabeza, y pese a haber salido del peligro y haber vuelto a la vida, seguramente caigas. No conozco los detalles de la historia personal de Luis, pero seguro que comparte rasgos con otras miles, qué digo miles, millones de historias en el mundo. Pensaba todo eso mientras intercambiábamos impresiones sobre lo divino y lo humano sentados en la terraza que da al 'Circuito Urbano' del pueblo, después de que Luis le pidiera a su vecino de mesa un cigarro. Winston, creo que era. Lo pensaba, mientras me apetecía horrores que en vez de uno, nuestro vecino hubiera sacado dos...
A menudo los fumadores estamos dispuestos a pagar cualquier peaje con tal de apurar las 10 o 12 caladas de rigor, para luego apagar la colilla con desgana y hasta con asco, arrepentidos. Un arrepentimiento mecánico y caduco. Me ha alegrado volver a ver al empresario del año. Y a su gente. Ojalá lo repitamos muchas veces. Muchos veranos sofocantes como el que ya se asoma.
P.D. 1: Estoy perdiendo la cuenta de los días que llevo sin catarlo.
P.D. 2: Qué bueno está el tomatico aliñao... y qué trabajico cuesta terminar de digerirlo...Leer más...
Es asombroso el influjo que tiene el tabaco. Y lo impredecible que es el ser humano. No creo que se haya inventado producto más rentable económicamente hablando que el que dio de comer en su día al vaquero de Marlboro y que tantos beneficios aporta a la industria y a sus manejantes. Así, has podido estar enfermito, viéndole los huevos a San Pedro (como le gustaba decir a Pepe, mi profesor de autoescuela, para ejemplificar sobre el peligro de la carretera), que, una vez recuperado, difícilmente podrás quitártelo de la cabeza, y pese a haber salido del peligro y haber vuelto a la vida, seguramente caigas. No conozco los detalles de la historia personal de Luis, pero seguro que comparte rasgos con otras miles, qué digo miles, millones de historias en el mundo. Pensaba todo eso mientras intercambiábamos impresiones sobre lo divino y lo humano sentados en la terraza que da al 'Circuito Urbano' del pueblo, después de que Luis le pidiera a su vecino de mesa un cigarro. Winston, creo que era. Lo pensaba, mientras me apetecía horrores que en vez de uno, nuestro vecino hubiera sacado dos...
A menudo los fumadores estamos dispuestos a pagar cualquier peaje con tal de apurar las 10 o 12 caladas de rigor, para luego apagar la colilla con desgana y hasta con asco, arrepentidos. Un arrepentimiento mecánico y caduco. Me ha alegrado volver a ver al empresario del año. Y a su gente. Ojalá lo repitamos muchas veces. Muchos veranos sofocantes como el que ya se asoma.
P.D. 1: Estoy perdiendo la cuenta de los días que llevo sin catarlo.
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